EL BLOG DE JULIO STOUTE

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lunes, 12 de agosto de 2013

HISTORIA DE UN VINO

Don Exequiel, medalla de oro, era un vino suave, frutal, que había obtenido prestigio internacional. Los enólogos aún no se ponían de acuerdo en la exacta clasificación de sus sabores, que claramente no correspondía a un Cabernet, pero tampoco a un Moscatel, ni siquiera a un Merlot; por su graduación alcohólica, algunos lo califican de Mistela, aunque su sabor definitivamente es otro. Creado por un colono de la Araucanía, a partir de variedades de uvas desconocidas, para su entera satisfacción personal, ya que por aquellos tiempos, nadie en su sano juicio habría pensado en cultivar la vid en territorios de fríos glaciales y lluvias inclementes. Se cuenta que don Exequiel había visto caminar al diablo sobre las aguas del río Donguil, y que había sido el maligno quien le había confiado los secretos para, contra natura, cultivar una viña que resistiera las heladas, en los largos inviernos del sur. Se cuenta, también, que en las noches de escarcha, un ejército de diablillos hacía fuego en ciertos lugares, claramente establecidos, para que un viento suave, casi imperceptible, distribuyera delicadamente el humo de las diminutas hogueras, de modo que la tibieza fuera uniforme. La muerte del colono se llevó el secreto a su tumba, y a su tumba, se la llevó el olvido, hasta que un bisnieto falto de dineros recordó haber visto en su infancia, mientras jugaba en el granero, un cuaderno destartalado, casi deshecho por la humedad, en el que estaban escritas, con letra primorosa, las recetas para la preparación del ají en pasta, las cebollas en escabeche, el licor de miel, unas cuantas listas de compra, una aritmética improbable de insumos y de ventas, y en medio de todo ellos, la forma exacta de preparar la tierra, las fogatas y el humo, la fecha de la poda de acuerdo a las fases de la luna, el riguroso ritual de la vendimia, la preparación de las barricas con maderas del lugar y los precisos pasos de la fermentación. Durante dos años y medio, sus descendientes dedicaron sus fines de semana y vacaciones, a la busca del tesoro; el granero había sido demolido y en su lugar se erigió un gallinero, que después fue reemplazado por una pequeña bodega para guardar la leña y las herramientas de cultivo. Cavaron fosos, intentaron enseñar a los perros a seguir rastros de papel enmohecido, armaron y desarmaron tres veces la bodega, hasta que alguien cayó en cuenta de que nadie habría sido tan bruto como para demoler un granero sin retirar el contenido, sobre todo considerando que nadie recordaba a las gallinas poniendo en fogones olvidados, sillas de montar sobre las que cantaran los gallos y yugos y riendas en los comederos. Buscaron entonces, en todos los rincones de la vieja casa, en los sucesivos sitios que ocuparon los establos, en las porquerizas y en el nuevo gallinero, hasta que uno de los perros, trajo, quién sabe de dónde, montón de páginas enmohecidas, carcomidas por los hongos y estropeadas por la humedad, que se correspondían, de acuerdo a la memoria del bisnieto afligido, con los restos del cuaderno extraviado. Debieron pasar dos años más, para saber qué decía cada línea de tinta desvanecida, ya casi ilegible, que en algún tiempo preservó una secreta sabiduría. Durante todo ese tiempo, recurriendo a conocidos, a los que exigieron el pago de favores, alguna vez concedidos, lograron el concurso de curadores de museo, restauradores, anticuarios, peritos caligráficos y hasta policías, quienes lograron descifrar la primorosa caligrafía del hombre que había hablado con el diablo mientras caminaba sobre el río. Guardaron el cuaderno en una caja fuerte, revivieron la leyenda y armados de entusiasmo, publicaron un aviso en un periódico de tirada nacional. Nadie parecía interesarse en financiar la resurrección de la viña, de modo que los descendientes se olvidaron de asunto, y todo habría terminado allí, de no ser porque unos meses después, un grupo de narcotraficantes necesitó de una actividad lícita, que sirviera de fachada para lavar su dinero. Un día, los sorprendidos descendientes de don Exequiel, se encontraban junto a un abogado, obeso y rubicundo, que firmó los términos de un contrato tan ventajoso para ellos, que no podía ser verdad; los flamantes financistas ni siquiera se interesaron por la receta original; les pareció bien la transcripción en documento Word, que paso a sus manos vía pendrive y un caluroso abrazo, con fotografía y todo, frente a varios matones y más de alguna autoridad. Antes de una semana, apareció en los abandonados campos del bisabuelo, una flota de tractores relucientes, recién salidos del concesionario, que se dieron a la labor de reconstituir la viña en el exacto sitio en que la cultivó don Exequiel; los primeros años, se generaron las pérdidas esperadas, que los traficantes transformaban en ganancias con su propia producción; pero como el demonio había dado su palabra, de pronto el negocio floreció, al punto que los narcos abandonaron el tráfico de drogas por la lucrativa labor de viñateros, que además era legal. Aprovechando los contactos realizados en sus antiguos negocios, que incluían dignatarios, banqueros y, por supuesto, policías, lograron que el vino participara en muestras y concursos a escala planetaria, cosa que rara vez le ocurría a una viña, que a pesar de todo, era marginal. A partir de este punto las versiones son confusas; hay quienes afirman, sus descendientes los primeros, que las medallas y los premios que el vino ganó, se deben al aroma y sabor, que sólo supo crear don Exequiel; pero no faltan las malas lenguas que afirman que en varias ocasiones, los antiguos traficantes, recordando viejos hábitos, secuestraron catadores, compraron jurados y torturaron a varios organizadores, con el fin de obtener las medallas que de otro modo habrían sido mezquinas. Los peores comentarios, hablan de cadáveres hinchados flotando por el Sena. Nada más alejado de la realidad. En verdad, lo que ocurrió, es que el pacto que firmó don Exequiel, no le entregaba al diablo su alma, sino la del pobre desgraciado que hiciera una fortuna con su vino, que él sólo producía como divertimento y para su consumición.

http://delabarrasaralegui.blogspot.com/2013/08/historia-de-un-vino.html

Autor: René de la Barra Saralegui
            Médico y Escritor Chileno.

3 comentarios:

JUSTO ALDÚ dijo...

...

julia orozco dijo...

Justo mi amigo me ha impresionado el texto contexto y la forma de redactarlo.
Muchas veces lo que creemos no es y lo que no es si Es.
Es increíble la historia. Felicidades querido amigo.

JUSTO ALDÚ dijo...

Muchas gracias Julia. por tu comentario. Lo que te puedo decir es que RENÉ es considerado hoy por hoy un fuerte candidato al premio CASA DE LAS AMÉRICAS o a cualquier premio ya sea regional o internacional. Su escritura trasciende las fronteras. Yo lo pongo a la par de un Paulo Coelho o un Freire. Actualmente tiene contrato con ciertas editoriales que le impiden compartir mucho de lo que escribe. De lo poco que podemos rescatar. Nos llega ésto. Saludos y un fortísimo abrazo.

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